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VIIº CERTAMEN LITERARIO "CARMEN DE MICHELENA"

BASES
Con motivo de la celebración del 8 de marzo, “Día Internacional de la Mujer”, se convoca el VI Certamen Literario de Relato corto y Poesía “Carmen de Michelena” con el tema: MUJER.

Pueden participar todas las personas con residencia en Andalucía, a partir de los 10 años, siempre que sus obras se presenten escritas en castellano.

El tema versa sobre el papel de la mujer en nuestra sociedad.

Se puede presentar un trabajo por modalidad, Relato corto ó Poesía, indistintamente, con la condición de que sea original, inédito y no premiado en ningún otro certamen.

Se establecen las siguientes modalidades:

Primer premio en Poesía

Primer premio en Narrativa o Relato

Premio especial para niñ@s en edad escolar (de 10 a 14 años), en la modalidad de relato o poesía.

Dos premios especiales para niñ@ s en edad escolar que residan en Beas y Comarca.

Un premio especial para adult@s que resida en Beas y Comarca.

A efectos de valoración y calificación primarán criterios de creatividad argumental y didáctica, y de eficacia divulgativa.

Los trabajos se deben presentar por duplicado en tamaño DIN A4, mecanografiados por una cara, con un máximo de 30 líneas por página, en ningún caso se superarán las tres páginas. También se pueden mandar por correo electrónico, información en email: certamen.literario.08@gmail.com

El plazo de presentación de los trabajos se inicia el 8 de marzo y finaliza el 30 de junio del 2.008.

Los trabajos se deben remitir por correo certificado a la Asociación Cultural “El Yelmo”, apartado nº 42 de Beas de Segura – Jaén, indicando: VI CERTAMEN LITERARIO DE RELATO CORTO Y POESIA “CARMEN DE MICHELENA”. Además, es preciso adjuntar los siguientes datos o documentos (incluidos en un sobre cerrado):
Autoría, Título del trabajo, Fotocopia del DNI, Dirección y Teléfono.

El jurado se reserva el derecho a la modificación parcial o total de las bases, y estará compuesto por galardonados en anteriores ediciones del certamen, así como representantes de la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía, del Instituto Andaluz de la Mujer, Asociación Cultural “El Yelmo”, Área de Cultura de la Diputación Provincial de Jaén, Ayuntamiento de Beas de Segura, y medios de comunicación.

El fallo del jurado es inapelable, pudiendo declararse desiertos los premios si, a su juicio, ninguno de los trabajos presentados hubiese alcanzado la calidad suficiente.

Los autores de los trabajos premiados formularán una declaración por escrito en la que manifiestan su consentimiento explícito, para que la Asociación Cultural “El Yelmo” de Jaén pueda reproducir y difundir, total o parcialmente, su obra a través de los soportes más idóneos.

La presentación a la convocatoria supone la plena aceptación por parte de los/las participantes de todas las bases que regulan el concurso. No serán admitidos los trabajos que no reúnan los requisitos establecidos en las mismas.

Los premios consistirán en Mil Euros por modalidad, relato corto y poesía. Y el Premio Especial para niñ@s en edad escolar (de 10 a 14 años) estará compuesto por material cultural valorado en 500 euros. Los premios locales y comarcales consistirán en una Cámara Digital.









Iº Certamen Literario "Carmen de Michelena"


PRIMER PREMIO ADULT@ - 2.003


MODALIDAD: Poesía
AUTORA: “Ramoni Chinchilla Martínez”

YO SOY
Yo soy la que lava tu ropa
y la que hace tu cama.
la que pone tu mesa
y la que cuida tu casa.

Yo soy la que limpia tu frente
cuando estas enfermo en la cama,
soy la salud de tu cuerpo
y la alegría de tu alma.

Yo soy la que cuida nuestros hijos
y los arropa en la cama
la que escucha sus problemas
aunque le rompan el alma.

Y a la mitad del camino,
cuando los hijos se marchan,
te brinda todo su apoyo
aunque esté desconsolada.

Yo soy la que a la vejez,
cuando las fuerzas nos faltan,
te seguirá como una sombra
si es Dios el que no llama.
Y todo esto lo hago
sin estar remunerada.


PRIMER PREMIO ADULT@ -2.003


MODALIDAD: Relato
AUTORA:“Catalina López Jiménez”

HISTORIA DE UNA MUJER DE PUEBLO
En la aldea de Fuente Buena, donde yo nací, la primera luz que vieron mis ojos, fue la luz del candil. No existía electricidad, y cuando se apagaba la luz del día, todos nos metíamos en la cama, donde los mayores se divertían.
Salían familias numerosas que a los hijos les pagaban, cuatro años tenia yo cuando de mis hermanos cuidaba, esos son los motivos de no haber ido a la escuela.
Empecé a trabajar en el campo: he recogido aceituna, escavado trigo y arrancado garbanzos.
Me pusieron a coser y así me hice modista, no se puede olvidar quien me enseño, fue María la Blasista.
Logre lo que yo quería y así me quede en la gloria, llegando a cose en mi vida, mas de doscientos vestidos de novia, y sin saber leer ni escribir, que para tomar las medidas, era a base de piquetes que yo hacia en las orillas.

El pan tuve a ración y con un brasero en la lumbre el pan he cocido yo. He hecho morcillas de trapo y de ceniza el jabón.
Veinticinco años tenia cuando ya me cambio la vida, hice mi matrimonio con el hombre de mi vida.
He disfrutado de corridas de toros, bailes cines y teatros y cuando llegaba el verano, me iba de vacaciones que era mi mayor descanso.

He estado en Fuengirola, La Línea de la Concepción, Almuñecar y la Alhambra, y he visitado El Peñón; también de Granada, la capital y he pasado por Córdoba y Sevilla para ir a Portugal.
Tres veces me he casado, con el mismo matrimonio, Primeras Nupcias, las bodas de Plata, el pasado verano, Las Bodas de Oro.
Diez nietos he juntado de cuatro hijos que tengo, cuanto mas disfruto yo, cuando los junto comiendo. Veinte en la misma mesa y mira que me ponen contenta cuando mis hijos me llaman madre y mis nietos me dicen abuela.
Ahora que todos vivimos, tres veces en el año nos podemos juntar: en San Marcos, en la Feria y en la Navidad.
Setenta y seis años he cumplido, y estoy yendo a la escuela, cuando lleguen las vacaciones, pienso ir también con ellas.
Hoy vivo con alegría, amor, y felicidad, no quiero rencores ni guerras
¡QUE TODOS VIVAMOS EN PAZ!


PRIMER PREMIO INFANTIL -2.003

MODALIDAD: Poesía
AUTORA: Laura Heredia López

MUJER
Te sientes débil
pero eres muy fuerte,
Vives en la violencia
no has nacido para eso.
Eres única y perfecta
a nadie se lo demuestras.
Buscas ayuda,
con miedo y sudor.
Crees que eres indiferente,
pero no es verdad.
El maltrato cada vez mas
no físico sino psíquico es sufrido. Esto tiene que acabar,
y tenemos que triunfar.
VIVA LA MUJER
Que este día sea como ninguno.





IIº Certamen Literario "Carmen de Michelena"

PRIMER PREMIO DE POESIA - 2.004


LUCIA MÁLPICA LÓPEZ
MENGIBAR- JAEN

¡FLORES!
¡Aquí estoy!
¿eso era lo que querías?
anoche me pegastes
y con tus voces me maldecías

Aquí estoy
Aguante porque te quería
no era la primera vez
pero tú…tú lo repetías
una y otra vez
¡Aquí estoy!
no es San Valentín
ni nuestro aniversario
pero hoy tú …
flores me has mandado

¡Aquí estoy!
No es mi cumpleaños
ni el día de la madre
¿qué hay que celebrar
hay que justificar algo?

¡Aquí estoy!
desecha perdida
flores me has mandado
¿para qué?
Sino es mi santo, ni mi día

¡ Aquí estoy!
¡donde tu querías
tuya o de nadie!
¡mil veces lo decías!

¡Aquí estoy!
me estas enterrado
pero sobre mi tumba
¡hay que amor mas grande!
esta ese ramo de flores
¡Qué tú…me has mandado!

¡Aquí estoy!
talvez esté rezando
sobre ese ataúd
que tú me has buscado

¡Aquí estoy ¡
hoy….
flores me has mandado
flores sobre mi cuerpo
“SIN VIDA”
¡vida que ú me has quitado!

¡ Aquí estoy!
En la penumbra , descansando
mi cuerpo, lleno de humillaciones
por fin…
tranquilo, reposado
como las flores
me marchitaré si…
como esas flores
¡Que tú me has mandado!


PRIMER PREMIO DE RELATO CORTO - 2.004


LUIS MIGUEL RUFINO RUS
SEVILLA

HACIENDO LAS MALETAS
Me vi de protagonista en una representación operística un poco peculiar, tan singular, que quizá fuera simplemente un sainete: nuestra habitación era el escenario.
Yo le daba la espalda, él me hablaba y yo no le escuchaba. El dormitorio estaba en penumbra.
Oía mi respiración en primer plano y su voz en segundo, a lo lejos, como un acompañamiento innecesario o redundante con la melodía principal.
Él hablaba y hablaba, pero yo sólo oía sonidos, no entendía sus palabras. Había decidido no entenderlas... y creo que mi determinación empezó a hacer mella en su ánimo.
Se lo noté en la voz, que empezó a modular de la tesitura ronca de un bajo a la menos grave de un barítono. Los sonidos se mantuvieron unos minutos en esa tonalidad mientras me observaba meter camisas en la maleta.
Yo trataba de seguir dándole la espalda en todo momento, incluso cuando daba cortos paseos hacia el armario para aprovisionarme de nuevas remesas de ropa que meter en la valija.
La falta de encuentro entre nuestras miradas me fortalecía y me ayudaba en mi empresa.
La intensidad del tono de su voz volvió a cambiar cuando me vio arrinconar un puñado de sujetadores en el lado derecho de la maleta. La cantinela que su boca emitía dejó de sonar a barítono y moduló hacia un matiz más agudo, hasta que empecé a oír la voz de un tenor.
Quizá bordeara el contralto. El sonsonete se me antojó despreciable por blandengue y lastimero.
Era más que evidente que su ánimo se quebraba por minutos.
Enfilé el último tramo de la labor a la que con síntomas de autismo estaba tan entregada: se trataba -ni más ni menos- de trasladar mis bragas del cajón de la cómoda a la maleta, ya casi llena.
En ese momento el cambio tonal de su voz fue casi espeluznante. No me pareció bien reírme y me tuve que aguantar (nada más lejos de mi intención que provocar su violencia, aunque fuera sólo la verbal).
Se olvidó del tono de tenor y del de contralto y empezó a suplicar con la misma tesitura de un castrato o de un infante de escolanía vaticana.
Yo seguía sin mirarle, sólo le oía, no le escuchaba, pero por cómo evolucionaba el tono y cómo se limaba la aspereza de sus palabras, me di cuenta de que la fase de chantaje emocional había comenzado. Esto ocurría cuando en sus palabras, la ira dejaba paso a la pena... o mejor sería decir, a las ganas de darme pena a mí... o para ser más exactos, a la auto compasión que buscaba mi conmiseración...
Yo seguía escuchando sin oírle. De pronto me di cuenta de que él estaba empezando a llorar... o mejor sería decir a lloriquear... quizá sólo gimoteaba.
El tipo de llanto que usaba como ardid no cambia lo esencial, no altera el desprecio que ahora recuerdo que me producía oírle.
Me pregunté por qué en otras ocasiones había sucumbido a su chantaje.
Qué fuerza me brotaba hoy de dentro que me había faltado ante otras escenas similares.
No me supe contestar. Con cada latido, mi sangre golpeaba con ímpetu en las sienes, en las muñecas y sentía un hueco frío en el estómago. Seguí recogiendo, amontonando ropa.
Él se daba cuenta de que yo me iba, e intuía, o sospechaba, o ya estaba totalmente seguro, de que esta vez me iba de verdad y se afanaba en seguir intentando su pequeña coacción emocional de niño malcriado, otra vez, por enésima vez, pretendiendo que yo diera marcha atrás, que cambiara de opinión y volviera a picar su anzuelo y no terminara el trabajo que acababa de iniciar… que, en realidad, estaba a punto de terminar: ni más ni menos que el amargo trabajo de hacer mi equipaje.
A ese trabajo seguiría otro que requeriría un poco más de esfuerzo físico: se trababa de cerrar la maleta y levantarla de encima de la cama usando una sola mano.
Lo siguiente sería girar mis dos tobillos con decisión y contundencia militar para empezar a andar por el pasillo taconeando todo lo fuerte que pudiera. Cotocloc, cotocloc.
El tránsito entre el dormitorio y la salida de la casa debía acabar con un estruendoso golpe dado con la puerta de la calle en el quicio donde normalmente ésta reposa en silencio.
Un portazo que retumbara en toda la escalera -¡Blam!- y que en el lenguaje de los Ubangui-Shari, esa tribu de la República Centro-africana que se comunica golpeando troncos de madera contra otros troncos de madera, significara -más o menos, sin la ambición de traducir literalmente o con demasiada exactitud-: “¡Ahí te quedas!”





IIIº Certamen Literario "Carmen de Michelena"

PRIMER PREMIO DE POESIA - 2.005


JUAN OLIVARES GONZALEZ
NAVAS DE SAN JUAN - Jaén

MUJER
Brisa fulgor serena
necesaria presencia
verdad irrenunciable
que lates al unísono
de cada corazón.

Madre bendita tierra
fecunda apasionada
coraza contra todos
los más fieros embates
que presagia la noche.

Hija dulce promesa
pájaro hierba río
paraíso constante
delicado cristal
reflejo de uno mismo.

Niña limpia mirada
que ilumina los días
caracola infinita
nube rosa ventana
que se asoma a la vida.

Árbol fuerza deseo
de profundas raíces
amor gozosa entrega
que nada pide a cambio
voluntad compartida.

De venerables surcos
ha sembrado la edad
tu piel y tu sonrisa
y ha bañado de plata tu pelo
y ha fijado tu alma de niña.

Sutilmente halagada
brutalmente agredida
carne objeto silencio
sangrante hasta la muerte
vejada sometida.

Quien te hizo mujer
nunca te quiso esclava
te llamó libertad
paz aroma jardín
manantial de agua clara.

Y te llamó dolor
piedra angular montaña
que sostienes el mundo
sobre tus poderosas
y frágiles espaldas.

Pregúntale a los dioses
quién te ha dado el aliento
la garra y el espíritu
de la luna de mayo
quién te hizo voz y tiempo.

Ni el rumor de las olas
ni el sonido del viento
o la música lenta
de la lluvia callada
te hablarán de tus sueños.

Busca dentro de ti
árbol nube montaña
manantial fulgor fuerza
paz aroma jardín
y hallarás la respuesta.



PREMIO DE RELATO - 2.005


PEDRO MARTINEZ GARCIA
CANENA- JAEN

OSADIA
La osadía era un término que le definiría. Su voluntad primaba sobre las convenciones.
Pasando por encima de las barreras familiares, sociales e incluso de algunas reglas eclesiásticas ingresó en el seminario para ser sacerdote. Su imagen concordaba con la del sonriente rostro que manifiesta el gozo de la llamada de Dios; muchachos que sienten en el corazón la llamada del Señor y a los cuales se atiende y cuida con doble formación fisica-intelectual y moral para prepararlos como dignos ministros del Altísimo.

Eran tiempos de apertura: nuevos embajadores en Madrid, el refrescante color del cinemascope, los primeros coches de fabricación nacional rodaban por las carreteras y la firma del concordato con el Vaticano.
Pensó que era el momento para poner en práctica su plan: desde el púlpito podría aportar su granito de arena en pro de la justicia con la fuerza del mensaje evangélico. Otros buscaron otras vías. Acertó; el seminario era un semillero de nuevos tiempos, de nuevos idealismos para una nueva sociedad que quería olvidar la palabra cruzada Y la hipocresía de las palabras: " ni misas, ni mujeres, ni vino".

Se ordenó sacerdote en la catedral de Jaén con todo el boato y ceremonial correspondiente y rogó con fervor cumplir con honestidad la tarea que se había encomendado por encima de todo. Con emoción contenida abrió el sobre con su primer destino: Canena; Parroquia de la Inmaculada Concepción.

Desde la ventanilla del seiscientos que le trajo al pueblo pudo contemplar por primera vez la imagen amable de un pequeño pueblo de casitas blancas arracimadas alrededor de un imponente castillo de Pétrea solidez que dominaba el conjunto. Era verano y hacía un calor insoportable. Pronto acudieron al coche grupos de niños y niñas de vestimentas más bien harapientas y sucios a los que no acertó a clasificar si como pobres o abandonados de la mano de Dios.

-¡El cura! ¡Ha llegado el cura nuevo!

Tampoco tardaron en salir a recibirle el Alcalde y algunas beatas que le pidieron su primera bendición.
Por calles tortuosas y mal empedradas le guiaron hasta la que sería su casa, junto a la iglesia.
Satisfechas las primeras curiosidades le dejaron descansar. Desabotonó su sotana que le oprimía en demasía el pecho y se quitó el alzacuello empapado en sudor. A pesar del calor y la inquietud inicial pudo más el cansancio y se echó en su catre para descansar.
En pocos días se le había presentado medio pueblo y era reconocido por el otro medio. Pronto tuvo una cohorte de monaguillos, hijos todos de muy buenas familias.
Aunque desde el primer día estuvo invitado en muchas casas rechazó amablemente todas las proposiciones, creyó fundamental mantenerse independiente, no atarse a nadie para poder servir a todos. Ni siquiera por deferencia aceptó las buenas viandas de la mesa del Alcalde y por ello recibió, sin percatarse, las primeras críticas.

El primer día que vistió la casulla, la estola, el cíngulo... sintió la emoción y los nervios del principiante, del viajero ante una nueva aventura pero a la vez el aplomo y la seguridad del que tiene muy claros sus fines.
Cuando apareció ante el altar acompañado por sus monaguillos, los fieles hicieron un silencio expectante para saludar su presencia y recibir sus primeras palabras. Y a fe que sus palabras fueron .bien escuchadas! Desde el saludo hasta su despedida fue analizado y desmenuzado para ver o entrever, entender o sobrentender el alcance de sus palabras tan distintas y distantes de las del último sermón, pronunciado por D. Antonio el día de su despedida..
Los bares, las tiendas y las calles, con sus tertulias espontáneas de vecinas al barrer sus puertas, se hicieron eco de ellas: Demasiado joven. Demasiado ingenuo e idealista, demasiado fino. No comprenderá a este pueblo. Tendrá problemas. No le dejarán hacer. Se tendrá que marchar.
Desde su llegada fue observado desde multitud de ángulos. Vestimenta, modales, salidas, entradas, compañías, gestos, ademanes, compras, corre… con asombro se recibió la noticia de la llegada de una gran caja, toda precintada, a su nombre. Después de muchas especulaciones se supo que su contenido era peligroso: cientos de libros.
Un gran lector. Frugal en las comidas, Sencillo en el vestir. Dulce y amable en el trato. Demasiado dulce según algunos. A escondidas de los hombres las mujeres comentaban la belleza de su rostro y la limpieza de su cutis. Un ángel.
Igualmente, enseguida supo él de virtudes y defectos de sus feligreses. Sobre ellos quería actuar, y no sólo de palabra. Adivinó las carencias de cada hogar necesitado, pero sin distinguir entre devotos o ajenos a la iglesia. Procuró ayudarles procurándoles desde alimentos hasta trabajo; alentó, colaboró, alegró, se compadeció, compartió lo poco que tenía con los más pobres.
Para ellos pidió, imploró, exigió y denunció siguiendo el evangelio. A nadie fue indiferente.
Lector impenitente y voraz tenía en los evangelios y en las encíclicas y pastorales las columnas de su fe y de su fuerza para actuar. Desde el púlpito de madera sostenido sobre una columna a la izquierda de los fieles que miraban al altar, se desgañitaba y enrojecía repitiendo con vehemencia palabras aprendidas y meditadas que retrataban la realidad que estaban viviendo: "El pan nuestro de cada día". "No tan sólo la justicia y la caridad cristiana sino la misma humanidad pide y exige que se atiendan los clamores de los que piden con angustia un pedazo de pan".
"La iglesia no quiere ser cómplice de una gran injusticia".

Los sermones causaban su efecto: en unos disgusto, en otros propósito de enmienda, y en muchos otros satisfacción porque pensaban que ya era hora de que alguien estuviera comprometido a su lado.
Pronto dejó el Alcalde de frecuentar la iglesia y las procesiones dejaron de tener tanto brillo; la procesión iba por dentro después del sermón en los días señalados. Aunque el cura acompañaba, sus palabras aguaban la fiesta. Un coro de señalados hicieron causa común con el Alcalde y los bancos de los fieles se fueron despoblando. Empezaron a buscarle los pies al gato.
Durante las confesiones notaron que el cura se ponía muy nervioso,: sobre todo con los hombres, lo que no dejaba de ser algo singular. Había fechas señaladas, tal que ciclos lunares, en que detectaban cierta palidez y gestos de fastidio o dolor en su párroco sin encontrarle causa aparente.
Una vez que enfermó y tuvo que guardar cama durante varios días se le envió al médico para que le reconociera, no por su voluntad, y éste salió lívido, como si hubiera auscultado al mismísimo diablo. A todo ello se unía la carita tierna, las manos delicadas, la voz feble sólo alterada en las homilías y ciertos ademanes que levantaban no pocas suspicacias.
Pero con la salud, volvían las prédicas tonantes adobadas por la fuerza de su mirada inquisitiva y sus gestos, sorprendentemente agresivos en esos momentos, casi amenazantes: " No basta con que se reconozca que los gobiernos están para la felicidad de los pueblos y no para su engaño y explotación, hay que demostrarlo con hechos: escuelas, hospitales, trabajo. "Qué hacen los poderosos que tienen la obligación de poner sus riquezas en marcha, que distribuir equitativamente la renta y dinero en proporción al trabajo de los hombres".
Considerando que el joven cura había traspasado la línea de lo que podían soportar y presintiendo que detrás de esa figura de querubín se ocultaba algún secreto, decidieron espiarle.
Las pesquisas pronto dieron resultado.

El día 15 de Agosto de 1.958, estando abarrotada la parroquia, ese día sí que estaban el Alcalde y su camarilla. Dos hombres de pantalón negro y camisa azul, con correas de cuero y la hebilla dorada del cinturón con el yugo y las flechas, entraron acompañados del médico en medio de la ceremonia y detuvieron, ante el estupor del público, a Don José, bajándolo de malos modos del púlpito y haciéndole desaparecer por el altar mayor hacia la sacristía.

En pocos minutos, antes de que la tensión estallara, un camisa azul comunicó escuetamente: Caneneros, D. José no es D. José sino Josefina. Josefa Díaz Barrios acaba de ser arrestada para responder de graves cargos por atentar contra la sagrada. institución de la Iglesia y el orden público

Pasada la conmoción, todo volvió a ser como antes.




IVº Certamen Literario "Carmen de Michelena"

PRIMER PREMIO DE POESIA - 2.006


JUAN MENA
SAN FERNANDO - CADIZ

Mujer al resplandor de las palabras


I

Mujer, igual a mí en la carne flaca,
que a veces sufre, a veces también goza,
que llega a anciana luego de ser moza
y arroja luz cuando es la piel opaca.

Frágil para la pena y la alharaca
si la alegría o si el dolor te roza.
Pero detrás del alma que solloza
tu aguante innato con dulzor te aplaca.

En parte igual y diferente en parte
porque eres de la vida un baluarte,
secretaria de la naturaleza,

o superior a mí por ese reto
de ser por fuera anhelo de belleza
y por dentro mi apoyo más discreto.

II

Mujer, hay mil peligros.¿Quién lo duda?
Hoy el mundo tirita de amenaza
y un milagro continuo nos aplaza
una fría sentencia. Nos anuda
como gavilla su temor. Se escuda
el miedo en el amor, que es nuestra baza,
y es amor nuestro pan, es nuestra hogaza
que bien nos alimenta y nos ayuda.

Con el amor las gentes olvidamos
porque el olvido de lo malo es bueno,
y así se alivia día a día el drama
de un mundo que con pánico gozamos,
mas la ilusión lo da como en estreno,
sobre todo a quien más olvida y ama.

III

Mujer: tú, puerto último y consuelo
para un superviviente en la tristeza.
Mujer: tú, eres cayado de entereza,
y también torre insomne del desvelo.

Y eres también consolador pañuelo,
y piedra en que apoya una certeza,
y muro firme de la fortaleza,
y un anhelar de corazón gemelo.

Tú, que serenas desazón y espanto,
eres como el final de los caminos
que vienen de la hiel y el desencanto,
recibe éstos mis versos peregrinos,
que atrás dejan sus bajos desatinos,
y que si tú lo quieres, me levanto.

IV

Mujer: tú, madre en que la sangre amasa
el amor, los trabajos, los desvelos
para que el hijo, altar de tus anhelos,
sea el puntal más seguro de la casa….

Mujer: hermana, piedra y argamasa
del muro de unos ímpetus gemelos
a los míos, esfuerzos paralelos
para erigir sobre la misma basa….

Mujer: esposa que me das aliento
y eres íntima y cálida aliada,
como en la retaguardia de mi guerra...
Mujer: hija, raíz de mi contento,
como tus ascendientes, entregada
a seguir la cadena de la tierra.

Juan Mena

PRIMER PREMIO DE POESIA - 2.006


JUANA RAMON MONTES
ESTEPONA - MALAGA
ECOS DEL VIENTO

Estamos aquí, somos visibles,
nuestros pasos son firmes y seguros,
sabemos dónde vamos,
defendemos aquello que queremos,
vivimos,
y esa vida nos lleva a pintar horizontes,
a bordar libertades,
a tejer realidades.
Somos trabajo, verbo, matemática,
hemos roto barreras, alambradas
que nos aislaban del mundo
y nos dejaban lágrimas calladas.
El camino ha empezado a tener flores,
ya las semillas dan frutos deseados,
nuestras voces se escuchan,
y un eco de otros nombres nos recuerda
a otras mujeres que dejaron
para nosotras legados de grandeza.
La palabra mujer encierra entre sus letras
mil renglones escritos con silencios,
dibujados con sal sobre la arena
de esta playa sin tregua de la vida
que han llegado hasta el mar como los ríos.

PROMESAS
Le habían prometido un mundo nuevo,
un mañana de áurea tibieza,
una bocanada de luz, de aire fresco,
una casa con luces y agua fresca,
una cuenta en el banco,
un trabajo, una vida de riquezas,
la habían revestido de quimeras.
Pero no le habían dicho
que la noche era inmensamente negra,
que el mar llevaba el agua por ofrenda,
y su fuerza era más que mil tormentas.
No le hablaron del miedo ante las olas
ni le contaron cómo eran las estrellas
vistas desde la triste habitación
de un club de carretera.
Le habían prometido un mundo nuevo
y se quedaron con su inocencia.


Homenaje a las mujeres que tuvieron que parir a sus hijos en el monte, en el campo….

Estaba allí, pariendo junto a Juana
a la luz de la aurora, rojiblanca,
llovía, y bajo un árbol
iba a nacer su hija con el día.
Huía en medio de una guerra
sin saber qué eran bandos ni fronteras,
tan sólo defendía una bandera,
salvar lo que quedó de su familia.
Llegaba como el viento, desolada,
en un invierno de frías madrugadas.
Otra mujer valiente le ayudaba,
sus manos de partera
eran palomas blancas que trajeran
ramas de olivo a esa vida nueva.

Jueves, XXII de abril de MCCCCLI. Madrigal
(cuando la Católica Reina Isabel nacía)


Estaba la primavera alborotada
despertando en rumores,
mientras Isabel, la reina, paría
en Madrigal entre almohadones,
atentas las miradas,
que una reina paría con testigos,
hombres notables de su cercanía,
criadas y parteras que ayudaban
a un notario que anotar debía,
la hora, los nombres, los detalles,
porque a la vista debía entrar al mundo
la real y esperada criatura.
Y la reina, mujer, se debatía
entre los dolores y la tiranía,
¡parir ante notarios y escribientes,
a fe que la vergüenza le invadía!.
Reina, mujer, cruzando umbrales,
cautiva de aquel trono, guerrera sin lebreles
bajo aquella corona lloraba a escondidas.

Juana Ramón Montes

PRIMER PREMIO DE RELATO - 2.006


ROCIO RUBIO GARRIDO
SEVILLA
“YA TE LLAMAREMOS”



Mi querido empresario:
Le parecerá extraño que yo, una más de entre la legión de desesperados que hemos acudido presurosos a su llamada, le escriba estas líneas. Incluso podrá interpretar como una osadía por mi parte el gesto de dirigirme a usted una vez que ha concluido el proceso de selección, como una pataleta de mala perdedora que aprovecha la coyuntura desfavorable para terminar de desahogar su ira, haciendo acopio del dicho popular que recomienda en última instancia tirarse de perdidos al río –en mi caso particular más bien tendría que zambullirme en las cloacas-. Como buena previsora me adelantaré a sus cavilaciones y le sugeriré que tome esto con la intención original con la que ha sido concebido en mi mente: mi derecho a réplica tras una entrevista de selección en la que casi no me ha dejado expresarme.

Cuando encontré el anuncio de su empresa camuflado entre las páginas salmón del periódico del domingo, pensé que se trataba de una premonición: por fin encontraba la utilidad de poner todos los lunes un ramo de perejil a San Pancracio. Pareciera que hubieran clavado mi perfil exacto en el apartado de requisitos: persona responsable, con estudios de administrativo, ordenada y con afán de superación. Tras varios meses de búsqueda infructuosa entre los anuncios por palabras que se ofertan cada día, daba con uno acorde con mi preparación. No se puede imaginar lo que eso significa para alguien que ve pasar los días con la incertidumbre de si podrá pagar el alquiler del piso a final de mes, o si podrá permitirse el “lujo” de comprarle un chándal nuevo al niño, después de tres temporadas seguidas echándole el bajo a los pantalones. Y como un oasis inesperado en mitad del desierto de la precariedad, aparecía el anuncio de su empresa, en letras negras bien llamativas.

La cita fue el martes de la semana pasada a las 12 de la mañana en su despacho, ubicado en la última planta de un edificio de cristales de reciente construcción. Debe experimentar una sensación de poder absoluto cuando contemple cada mañana la ciudad desde su sillón giratorio. Lo imagino con su taza de café aún humeante, pegado a la ventana, asistiendo impasible al deambular errante de un reguero de minúsculas personas con sus miserias y sus alegrías a la espalda. Cuántas veces me habrá confundido entre esa marabunta de hormigas labradoras sin usted saberlo. Cuántas veces se habrá extasiado sobre la tapicería de cuero, recreándose en su poder de dueño de una parcela de mundo.

Así estaría, absorto desde su pedestal de cemento, momentos antes de recibirme con su traje impecable, comprado a buen seguro en una boutique de las que exhiben precios desorbitados en los escaparates más exclusivos del centro. Yo, si es que aún no ha logrado identificarme por el nombre, era la del conjunto de falda y chaqueta negra. Sí, ya sé que no destaqué por mi originalidad. La decisión de llevar este atuendo, lejos de ser arbitraria, responde a una simple cuestión de economía. Cuando los recursos son un bien escaso, debemos recurrir a prendas de líneas simples y monocromáticas, esas que sabemos que nunca pasarán de moda. Ya sabe, en cualquier momento se puede terciar un funeral y lo más socorrido es sacar partido al modelito sobrio de las entrevistas de trabajo, con el que seguro aciertas. Le cito este detalle porque me consta lo importante que es la indumentaria en una cita de este tipo.

Abrí la carpeta y le hice entrega de los dos folios que a modo de telegrama resumía mi vida laboral, es decir, lo que vulgarmente se conoce por currículo. Usted echó un vistazo superficial y pasó a examinar mi rostro, como si en las patas de gallo llevara escrita la experiencia que de forma pormenorizada me había tomado la molestia de detallarle. Y fue, en efecto, un simple vistazo el que echó sobre los dos folios grapados porque comenzó a preguntarme por cuestiones que aparecían allí perfectamente detalladas.

Yo, en un ejercicio extraordinario de síntesis, le dije que había trabajado doce años en una empresa de papelería realizando tareas de administración, tal y como apuntaba el principal requisito de la oferta del periódico. Sí, es cierto que inflé un poco las responsabilidades que había ejercido en los trabajos por los que había pasado, pero apuesto a que usted también habló demasiado bien de sí mismo cuando quiso promocionarse hasta llegar a ocupar un despacho con vistas tan amplias.

¿Que por qué prescindieron de mis servicios en esta empresa? Pues mire, había que hacer un recorte de plantilla porque se estaban produciendo pérdidas, y yo estaba dentro de esa quiniela arbitraria de despedidos, tan injusta como inesperada para los que tenemos un único sueldo –no estoy segura de si la definición tradicional de “cabeza de familia” vale también para las mujeres, le puedo asegurar desde luego que la mía es la única que saca adelante mi casa-.

Tuve la impresión de que le había resultado poco convincente mi explicación, y ahora que dispongo de espacio para expresarme, le diré que los que sufrimos la desgracia de un recorte de plantilla no somos ninguna casta de apestados que tengamos que avergonzarnos de no haber conseguido prosperar en el mercado laboral. Yo no decidí estar en esa quiniela de futuros parados, puedo dar fe de que no es nada reconfortante pasar cada tres meses por la oficina de empleo de mi barrio a la espera de una llamada. Se lo digo para que en próximos procesos de selección evite esa mirada inquisitorial sobre un candidato que haya sido despedido de su anterior trabajo: relájese y quítese esos fantasmas de la cabeza de que seguramente se trate de un aficionado a la holgazanería que disfruta de vivir a costa de los impuestos del prójimo.

La siguiente pregunta con la que me abordó fue sobre mi preparación académica. Apuesto a que pensó que respondía al perfil de maruja carente de ambiciones, con poco más que el graduado escolar y un curso anticuado de mecanografía impartido por la señorita Pepis. Si no, no me explicaría su cara de sorpresa cuando abrí la carpeta y le mostré toda la colección de certificados de cursos de formación ocupacional que había realizado, más la especialidad en ofimática y los diplomas de inglés y francés.

Reconózcalo, no se lo esperaba. Y de haberme dejado hablar, también le hubiese contado que hace poco me matriculé de un par de asignaturas de Empresariales, consciente de que cada vez se exige más preparación, y el reciclaje es casi una obligación para los que pretendemos desfilar por la pasarela de las entrevistas de trabajo sin meternos la gran piña. ¿Sabe? Disfruto de las clases en primerísima fila y tomo tantos apuntes como mi mano da de sí. Como puede intuir, yo no pertenezco a la clase de privilegiados que se pasan las horas en las barriladas del Campus y luego duermen la mona tirados en el césped con los apuntes apestando a cerveza, o liando porros en la intimidad de los cuartos de baño. Esa es una de las ventajas de haber llegado a la madurez –palabra maldita entre vosotros, los jefes supremos-: que se aprende a valorar cada palabra, cada situación que ofrece la vida.

Cuando salí de su despacho tuve la certeza de que también incumpliría esa máxima de “ya te llamaremos”. Me la han repetido en tantas ocasiones que hasta he hecho un pacto con la memoria para olvidar la cuenta. Pero a diferencia de otras entrevistas, en esta he conjurado a todos mis ovarios para escribirle estas líneas, que bien podrían valer para cualquier otro empresario que me haya prejuzgado con la soberbia del que se encuentra bien a gusto encaramado al poder.

Es el único medio con el que cuento para hacer oír mi voz. Quizás nunca me llegue a contratar en un futuro, quizás sea verdad la leyenda urbana que da cuenta de la existencia de listas negras compartidas por empresarios, pero al menos me queda la tranquilidad de haber puesto una piedra en la lucha por la igualdad que otros dinamitan. Usted tiene en su mano el poder de sacarme de la listas del paro. Yo aún cuento con la fuerza de la palabra.

Rocío Rubio Garrido

PRIMER PREMIO DE INFANTIL - 2.006


MARIA TORCAL TRAPERO
ESTEPONA- MALAGA
“AL ALBA”

Llamando a mi ventana

El otro día me desperté,
el sol llamaba a mi ventana,
su rostro llamativo su madurez delata,
delata el trabajo, delata su cara.
El otro día vino llorando a mi casa,
tanta madurez no es necesaria,
no hay que ser maduro
para borrar mi casa,
deja nubes negras la fábrica que mata,
que mata la esencia, la esencia del alma,
que arranca mi cabello, el rubio cabello dispara,
mis rayos se agotan, mis fuerzas se acaban.
Yo os di la vida y esta vida me mata,
me mata la esencia del fumar de la fábrica,
me mata la impureza del agua pasada,
me muero y me muero y no siento nada.
Porque el otro día vino el sol
llorando a mi casa, vestido de luto
apenas se arrastra, llamando poco a poco
sus fuerzas se acaban.


La guerra

La guerra, vestida de negro y rojo
va dejando su sangre para los que no mueren nunca.
Los que luchan en ella y mueren por matar
no son héroes ni héroes serán,
sólo héroes podrán ser los que mueren por salvar.

La última lágrima de rocío

Una lágrima de rocío,
que caiga una en cada cosecha
porque secos están los campos
y muy seca está la tierra.

Solo una lágrima, una lágrima de estrella,
tan solo una lágrima que la pobreza siempre seca.

Carta de amor

El día que me escribiste esa carta
me enamoré locamente de ti.
Cuando me miraste a los ojos
noté que había otra persona dentro de mí.
Ni siquiera pensaba, no pensaba en mí,
en aquel momento de un descuido de vida
sus ojos se iluminaron,
intentó salvarme, pero intentaba darme demasiado
y cuando me enteré ya era tarde,
venía directo a mí aquel coche sin frenos
y descifré el mensaje “adiós”.


El trocito de alma que me falta

Me entristece escribir este poema
mirando a esta vieja libreta,
sentimiento tras otro de pena,
trocito de verso del alma que se lleva el aire.
Nunca recuperaré ese trocito de alma que se fue
inundando mi pena entre sentimientos
en este viejo poema, alegre vida en la que escribo
y describo la vida de mi bisabuela.

Mil latidos en tu corazón

Tú naciste entre tristeza
y clavaste la sangre en tus ojos,
y cada mil lágrimas que, deshechas
se convierten en un manojito de tristeza,
porque tus lágrimas son un don,
un signo que ciega tus ojos pero no el corazón.

Maria Torcal Trapero

ACCESIT - 2.006


ISABEL CODES MORENO
MARVELLA- MALAGA

La paciencia de una mujer o veinte años no son nada


Todos los viernes se desplomaba en el sofá y miraba hipnotizado las imágenes de una cadena deportiva. Permanecía así hasta el domingo por la noche, comiendo sólo frutos secos, patatas fritas y algún trozo de piza y bebiendo cerveza de lata que le traía su mujer cada hora y media aproximadamente. Tras unas vacaciones de dos semanas, no se levantó.

Cada vez comía y bebía menos y espaciaba más sus visitas al baño. Pasados unos meses, dejó de comer y de beber, ya no se levantaba nunca.

Un día, al pasar la aspiradora, su mujer comprobó que le estaban saliendo raíces y empezó a regarlo. Su aspecto era ahora nudoso y ligeramente verde. En los días nublados palidecía y su respiración se ralentizaba. Ella comprendió entonces que se había vuelto fotosintético pues su estado se agravaba si no abría las persianas.

Tras veinte años de riego y limpieza diarios, él se había transformado en un bulto enorme sobre el sofá, sus raíces se extendían por todo el salón. En cierta ocasión, ella sintió que el extremo de una raíz quería estrangularla. Fue la gota que colmó el vaso.

Bajó todas las persianas de la casa y dio un portazo al salir.

Isabel Codes Moreno


ANTONIA ARMIJO SANCHEZ
GENAVE- JAEN
La contadora de cuentos


Tenía el paso distraído, propio de los ancianos, aunque vivaracho; el moño “repainao” y unos grandes y hermosos ojos azules.
Ese era todo el recuerdo físico que mi abuelo guardaba de María la Partera. Debió nacer aquella mujer a mediados del siglo XIX; ya peinaba plata poco después de lo de Cuba. Eran aquellos, tiempos de desdicha, y mi abuelo aprendió a respetar el dolor ajeno. Por eso no supo, o no quiso, contarme la historia del misterio de la hija de María la partera. Tan solo decía “...Era una mujer admirable que tenía todo lo que había que tener”.

De joven fue la belleza de la Sierra, menuda y discreta, además de hermosa. Según contaban, a los dieciséis años tuvo un “percance”. Nadie supo jamás el autor de su “desgracia”; sólo, tiempo después, se cantaba en el pueblo:
“A María la Partera,
no se sabe quién la vio,
pero el galán que la viera
vio la vida de una flor.”

Sus padres marcharon a un cortijo de medianeros. Quizás huyendo de la vergüenza, quizás porque tenían dos hijas más pequeñas... cosas de la época. Le dejaron la casa, apenas cuatro paredes medio podridas y un corral mal ventilado. La joven se las arregló como pudo. Y pudo muy bien.
No se la veía apenas en la calle; ni siquiera iba a la Iglesia. Algunos suponían que fue una crisis de fe, otros en sus sospechas iban más allá. Sólo abandonaba la casa para trabajar en lo que le salía. Aprendió a amasar, ayudaba en las matanzas, en los blanqueos, en los arreglos interminables de las casas, en las bodas, bautizos y comuniones. Remendaba, lavaba y planchaba para fuera, siempre con su hija al ijar o cogida de las faldas. Como tenía buenas manos, le salía más trabajo del que podía.
Desde que tuvo a su hija se interesó por aprender a alumbrar. Siempre que podía iba a ayudar a la hermana Sebastiana, o la hermana Felisa, parteras oficiales y con el tiempo heredó el oficio. Para su hija era un día de fiesta, sobre todo si el crío nacía en cortijo porque así se quedaba mucho tiempo en la calle, o en cámaras y corrales, jugando con los muchachos del lugar.
Manifestaba un sentido del humor fuera de lo común. Vivía para su niña, pero tenía también un profundo y sorprendente mundo interior. Gozaba de una gracia natural para referir historias, o invertarlas, que le dio fama en toda la comarca. Especialmente solicitadas eran sus historias de muertos, “pantasmas” y aparecidos, y, junto al fuego, a la luz del candil, ponía la carne de gallina a las comadres. Incluso más de un mozo, altanero y fuerte como olivo, sintió extraña conmoción al mirar sus grandes ojos azules, brillantes como ascuas de agua al reflejo de las llamas, mientras susurraba misterios en noches de difuntos.
También sabía rimar historias y hacer poesías, y hubo gente que quiso pagarle por alguna, pero ella decía que sólo cobraba por el trabajo hecho por sus manos, no por el de su cabeza.
A su manera era rica, pues de nada le faltaba. Juntó tanto, que podía pagarle a “la maestra niñas” para que enseñara a su hija. Según cuentan decía que ella trabajaba con las manos para que su hija lo hiciera con la cabeza, y que algún día sería una escritora famosa.
En todo destacó María: hacía bien los “bodrios”, parteaba bien, era tan limpia como la más limpia que la memoria alcanzara. Conservó, a su manera sigilosa y prudente, la frescura de una juventud malograda. Murió años antes de las conmociones de la Guerra. No llegó a oír hablar de los derechos de la mujer, ni sospechó siquiera la posibilidad de un mundo distinto a aquel de su tierra natal. Cosechó fama, reconocimiento y respeto pero, para mi abuelo, María la partera fue su abuela favorita. Su gran contadora de cuentos.

Antonia Armijo Sanchez

EVA FERNANDEZ SALGADO
SEVILLA
Puesta de Largo

Para algunas de nosotras amaneció más temprano de lo habitual. Mientras la mayoría de la tribu seguía durmiendo aún, incluso mi hermana pequeña Kimba, nosotras ya llevábamos algún tiempo preparando el trayecto: sería una larga caminata al sol que, dentro de poco, luciría en todo lo alto, por lo que nos habíamos provisto sobre todo de agua.

La casa de las mujeres está lejos, para que puedan recluirse allí cuando sangran y así no contaminen el poblado. Allí nos esperaría Oureye, la comadrona, que le aconsejó a mi madre que purificáramos a Kimba antes de mi boda, y pudiéramos ya así dejar arreglada la suya: “¡debéis cortar el mal cuanto antes o no podrá conseguir un muchacho de buena familia!” . Kimba tenía ya diez años; Nadie querría apalabrar el casamiento con una niña que aún se pasa el día subida a los árboles, como los niños.
- Kimba, Kimba, es hora de levantarse –mi hermana entreabrió los ojos quejándose, sorprendida por tener que levantarse cuando aún parecía ser de noche.
- Vamos pequeña, no seas perezosa, nos espera una buena caminata: hoy entrarás por primera vez en la casa de las mujeres, con nosotras.
Abrió tanto los ojos que pareció imposible que estuviera dormida hacía apenas unos segundos.
- Entonces, ¿ya podré andar como tú y mamá?
Desde muy pequeña, Kimba trataba de imitar nuestra manera de andar, con pasos cortos y las rodillas juntas. Nosotras calmábamos su impaciencia diciéndole que muy pronto, cuando fuera una verdadera mujer Dongo, caminaría así ella también, cuando el mal hubiera desaparecido de su cuerpo.
Fuera nos esperaban mi madre, mi abuela y dos hermanas de mi madre. Con el incipiente clarear del alba nos pusimos en marcha.

————————

Mientras hacía cola en el centro comercial con su amiga Nuria para comprar las entradas del concierto al que tanto había deseado ir, Marta sólo podía pensar en que sus padres ya no podrían negarle ese regalo de fin de curso que le habían prometido, quizás convencidos en vista de los antecedentes de que sería imposible que llegara con el boletín de notas sin un solo suspenso.
Ahora dio por buenas todas esas estupideces que había tenido que memorizar durante todo el curso para, al menos, aprobarlas todas. Nunca habría sido capaz de conseguirlo si no fuera porque el premio merecía la pena. Desde hacía un mes tenía ya dieciocho años; ya no había ninguna excusa: por fin le pondrían dos tallas más de sujetador.
Casi deseó que pusieran el cartel de “agotadas todas las entradas” para salir corriendo a comprar las camisetas que, dentro de poco, podría llevar por fin bien ajustadas para lucir su nuevo pecho; ¡todos los chicos la mirarían!, se convertiría en una mujer de verdad, como las que salían en la tele. Quizás, algún día, ella también podría ser famosa.


————————

Kimba estaba muy cansada cuando llegamos a la casa de las mujeres, no había dejado de preguntar cuánto faltaba. Por eso no fue difícil conseguir que se tumbara sobre la manta que Oureye ya había preparado sobre el suelo de la tienda.
Cuando empezamos a quitarle la ropa me miró extrañada, aunque no se atrevió a preguntar nada, tal vez asustada por la expresión seria de la vieja Oureye y el silencio sepulcral con que todas nos dedicamos a desvestir a la niña. Estando ya completamente desnuda le abrimos las piernas, sujetándola cada una de nosotras de una extremidad. Yo me senté sobre su pecho:
- Ssssss, tranquila- susurré, mientras le metía en la boca un trapo que pudiera morder y nos ahorrara los gritos.
En ese instante Oureye se aproxima con una navaja en la mano. Me parece verla el día en que me lo hizo a mí, en aquella ocasión con el borde de una lata. Tal vez sea esta misma navaja la que emplee dentro de poco, cuando yo misma tenga que volver, a que me prepare para mi noche de bodas.
Oureye mete la mano entre las piernas de mi hermana mientras pronuncia unas palabras que no comprendo. Un reguero de sangre recorre sus muslos, al tiempo que sus ojos, locos de terror, se inundan de lágrimas. Entonces empieza a moverse entre fuertes convulsiones, tratando de liberarse de nuestras manos, por lo que Oureye nos advierte que debemos sujetarla con firmeza, de lo contrario no podrá ver bien el sitio exacto donde tiene que cortar.
Ahora la sangre mana sin fin piernas abajo mientras miro a mi hermana, suplicándole que se esté quieta. Justo antes de desmayarse me miró interrogativa. ¿Cómo decirle que no es lo que cree? ¿Cómo decirle que no es mi intención hacerle daño?


————————

La madre de Marta se encargó de arreglarlo todo en la clínica donde le pondrían a su hija los implantes. Decidió acudir al mismo médico que le hizo la “lipo” y le puso el bótox: ¡le había dejado un aspecto tan juvenil!
Para Marta fue una suerte que el médico fuera de confianza, porque ahora que estaba tumbada en la camilla, aturdida por esas luces tan fuertes, sintió un poco de miedo a pesar de todas las veces que le habían explicado cómo sería la operación. Nunca antes había entrado en un quirófano.
La última llamada que hizo fue a su amiga Nuria. Siempre había pensado que ella tenía suerte porque tenía ya mucho pecho, por eso sintió una gran satisfacción cuando la oyó confesar su envidia porque Marta lo tendría ahora mucho más bonito que ella: como eran prótesis no tendría que preocuparse de si se le iba a caer.
-Marta, ahora notarás cómo te irás quedando dormida. Cuando te despiertes ya estarás guapísima con tu pecho nuevo. Así que relájate.
Se sentía tan emocionada que eso de relajarse le pareció bastante difícil, así es que se le ocurrió pensar en Pablo; seguro que ahora por fin se fijaría en ella. Así, poco a poco empezó a sentir cierto sopor, como cuando se adormilaba tumbada al sol, en la playa. Justo así se imaginó: sobre la arena, con un bikini espectacular sobre su piel caliente, luciendo un pecho grande, maravilloso, del que Pablo no podría apartar sus ojos...


————————

Mi madre salió esta mañana a recoger a Kimba, tal y como Oureye le había dicho el día que abandonamos la casa de las mujeres. Tuvimos que dejarla allí después de coser la herida con alambre y vendarle las piernas. La comadrona debía vigilar que la herida cicatrizara correctamente y se cortara la hemorragia. Mi hermana había perdido mucha sangre, y Oureye nos advirtió que quizá tardaría más de lo habitual en volver.
Ya al atardecer salí a esperar ansiosa su llegada junto al árbol al que Kimba solía subir con otros niños. Yo la ayudaría a entender que ahora empezaba para ella otra etapa: ya era una mujer, ahora podría encontrar un buen marido con quien criar a sus propios hijos. Seguro que así comprendería que su sacrificio había merecido la pena.
Sin embargo, deslumbrada por el disco anaranjado del sol que se ponía, quise pensar que era un espejismo lo que vi: sólo se aproximaba una figura, la de mi madre. Allí la esperé, abrazada a ese árbol al que Kimba ya nunca más volvería a trepar.


————————

Marta ya estaba en casa al día siguiente, frente al espejo. Ya podía apreciar su nuevo perfil, a pesar de los vendajes. Hoy saldría con Nuria a comprobar qué efectos causaba su nueva anatomía. Se puso un jersey muy ajustado y cogió una revista. Se miró con diferentes poses, imitando a esas mujeres a las que tanto había envidiado y de las que nunca se había sentido más cerca. Aunque, ahora que se fijaba... ¿quién sabe? Quizá si se esforzaba un poco más el próximo curso podría estrenar también unos labios más carnosos.

Eva Fernandez Salgado

V Certamen Literario "Carmen de Michelena"

PRIMER PREMIO DE POESIA - 2.007


FELICIANO RAMOS NAVARRO
MONTORO - CORDOBA

¿Qué te queda mujer?


¿Qué te queda, mujer? Di, ¿qué te queda
cuando tu edad caduca ya vencida?
¿Que te amarre el esposo con su brida?
¿Que su rumbo sin norte te conceda

viajar al ritmo terco de su rueda
donde el machismo impone su medida?
¿Ofrecer, porque sí, toda tu vida
y te paguen después con vil moneda?

¿Qué te queda, mujer, el triste oficio
de cumplir tu misión de ama de casa?
¿Quemar tus florecidas primaveras?

¿Eso te queda sólo? ¿Sacrificio?
¿Mirar como en un soplo el tiempo pasa
y tu labor se tira en papeleras?

¿Es justo? Piénsalo. Mira tu ocaso.
¿Quién valoró tu esfuerzo cada día?
Te hicieron un altar de hipocresía
y comulgas las sobras del fracaso.

¿Pidieron tu opinión? ¿Pudiste acaso
protestar con airada rebeldía?
Tu eras una niña todavía
y ya te programaron cada paso:

Ser madre en sacrosanto matrimonio,
de profesión, ¡oh gozo! tus labores,
amamantar los hijos, cantar nanas.

Dime, mujer, ¿cuál es tu testimonio?
¿Soportar de los partos sus dolores
y esperar la llegada de las canas?

¿Qué fue tu amor, mujer, falso alborozo?
¿Te sentiste, mujer, protagonista?
¿O tu esposo, con ánimo egoísta
te daba las migajas de su gozo?

¿Acaso fue tu carne agua de un pozo
para saciar su sed absolutista?
Seguro que sus ansias de machista
te hicieron derramar más de un sollozo.

¿Qué fuiste, sólo sexo, mar desnuda
donde el varón saciaba su apetito?
¿Obligación sumisa en un abrazo?

¿Qué te quedó después, cumplir el rito
de soportar tú sola y sin ayuda
amargos nueve meses de embarazo?

¿Por qué, mujer, por qué vivir de engaños?
¿Por qué siempre en silencio, maltratada,
entre cuatro paredes enjaulada
mirando el paso lento de los años?

¿Pudiste remontar nuevos peldaños
y sentirte persona realizada?
¿Quedaste reducida a fiel criada,
a escudo de continuos desengaños?

¿Fuiste oscuro placer? ¿Mujer objeto?
¿El surco siempre abierto de la siembra?
¿Del trabajo de casa reina y dueña?

¿Te conformas, mujer? Asume el reto
de desterrar miradas de hambre de hembra
y el miedo de que llegue la cigüeña.

Tanto velar, mujer, sin un descuido
para educar los hijos con esmero.
Tanto alargar la lengua del dinero
hasta final de mes, ¿tuvo sentido?

Tanto sufrir, mujer, sobre su nido,
tanta dedicación, tanto te quiero,
¿ahora se te tasa con un cero?
¿el justo precio del deber cumplido?

¿Ser madre para hacerte madre vieja,
ver tus arrugas, tu nevado invierno,
dolor de huesos y pasar cansino?

El tiempo te descarna y despelleja,
te robaron la paz de tu gobierno
y te enfrentas tú sola a tu destino.

¿Te consume la edad? ¿Estás viuda?
¿Pasó la vida como pasa el viento?
¿Qué dejaste, mujer, de testamento
tu alma de dolor, rota y desnuda?

¿Te invade la respuesta de la duda?
¿Tuvo valor tu entrega y sufrimiento?
¿El eco dolorido de tu acento
mastica soledad de lengua muda?

¿Te consuelan los hijos? ¿Algún nieto?
¿La noche permanente de tu luto?
¿Maldecir tu agorera mala suerte?

El libro de tu vida está completo,
falta escribir el último minuto
y sentir los mordiscos de la muerte.

PRIMER PREMIO DE RELATO - 2.007


ALFREDO MACIAS MACIAS
HUELVA

Una Mujer marcada


Me llamo Laura Jiménez y vivo en una silla de ruedas. Tengo veintipocos años, pero mi vida cambió un 11 de Marzo, cuando unos asesinos fanatizados decidieron que mi vida no tenía sentido.
Sigo viviendo en Alcalá de Henares, pero la bomba que estalló en aquel tren fatídico, una fría mañana madrileña, me convirtió por unos días en un personaje popular. Mi foto salió en todos los periódicos, porque estuve ocho días en coma en el Gregorio Marañón, tan hinchada que casi no cabía en la cama del hospital. Unos días antes de la explosión me dijeron que estaba embarazada y pensé que quería comerme el mundo, que amaría con todo mi cariño a aquel ser jubiloso que iba a nacer y que a pesar de todo, la vida podía ser maravillosa.

Yo era una chica joven llena de sueños, que quería casarme con mi novio y pensaba que aquel hijo que iba a venir al mundo era una bendición para nuestro amor. Yo creía en mis semejantes, era una persona convencida de mis ideas y una ciudadana ejemplar que votaba en las elecciones, pensando que entre todos podíamos construir un mundo mejor.

Hoy he apagado la tele con horror, cuando he visto a uno de los acusados del 11 de Marzo, decir con una extraña sonrisa en los labios, que él no participó en la matanza y que condenaba el atentado con todas sus fuerzas. ¡Cuán extraño es el mundo!. Hay seres que matan en nombre de un Dios todopoderoso y luego se refugian en sus oraciones, para no sentirse culpables de haber destrozado la vida de sus semejantes.

Yo, hoy por hoy, he dejado de creer en la bondad humana. Durante un tiempo intenté disfrazar mi dolor, acudí a manifestaciones y actos en homenaje a las víctimas del terrorismo, pero pronto me dí cuenta que los políticos me utilizaban para su propio beneficio. A nadie le importaba, ni mi dolor, ni mi desgracia y pronto me dí cuenta, que para muchos era un simple objeto que se podía clasificar según su tendencia política. Como una tenebrosa ficha de ajedrez, si apoyaba una teoría estaba contra el Gobierno, si pensaba lo contrario estaba a favor de la oposición. En medio estaba yo, sentada en mi silla de ruedas y pensando que este mundo no tiene sentido, como si fuera uno de esos personajes absurdos de ese visionario checo llamado Franz Kafka. Cuán cierta la teoría del absurdo, la de que vivimos en un mundo de sombras, donde la casualidad ó el destino, puede cambiar en unos segundos nuestras vidas.

Yo he perdido la fe en la Humanidad, la bomba me estalló a los 28 años, en plena juventud y hasta hubo un tiempo que tomé mi situación con optimismo y hasta llegué a celebrar con mi novio y mis familiares más cercanos, el hecho de que haber salido viva de aquel atentado, era un verdadero milagro, como si el 11 de Marzo, fuera la fecha de mi segundo nacimiento.

El milagro de mi resurrección aún no se lo explica la enfermera que estuvo junto a mi cama tantas noches y que me dijo, que cuando me vió por vez primera, era un cuerpo sin rostro, sólo reconocible por la marca de nacimiento que tengo en mi frente. Durante los ocho días que estuve en coma, ví un túnel de luz y sentí una extraña paz interior. En el hospital no encontraban mis pulmones, ni la vértebra que se insertó en mi canal medular. Pero yo veía cómo lloraban mis seres queridos y seguía viendo aquel túnel de luz que brillaba a lo lejos. Lo extraño es que me pareció ver una lámpara encendida, escondida detrás de un muro y la lámpara parecía estar en un vaso, que resplandecía como la más fulgurante de todas las estrellas.

Yo, Laura Jiménez, sentada en mi silla de ruedas, no sé que me deparará el futuro, solo sé que sigo aferrada a la luz de esa lámpara maravillosa, que un día ví en un extraño muro y me llenó de una hermosa y extraña felicidad, una felicidad que me hizo perder mi temor a la muerte, precisamente cuando todos pensaban que nunca despertaría de mi sueño eterno…

PRIMER PREMIO DE INFANTIL - 2.007


ALEJANDRO ALMAGRO SANCHEZ
CORDOBA

La ratoncita Pérez


Viene de un mundo mágico
Para robarte un diente
Y para bajar del techo hasta tu cama
Él hace parapente
¡He dicho él,
Vaya error!
Pues ese ratoncito
Es señora es señora, no señor.
La ratoncita Pérez
La que roba dientes bonitos,
Está muy enfadada,
Todos creen que es un ratoncito.
-¡Ya estoy harta, que machismo,
Hoy por fin se van a enterar,
A ningún niño dinero
Voy a dejar!
¡Vaya catástrofe, menudo lío,
Se quedaron sin dinero
Todos los niños!
Y aprendieron todos por fin la lección:
Que ese ratoncito
Es señora, no señor.

MENCION DE HONOR - 2.007


ALMUDENA PEREZ LARA
ANTEQUERA - MALAGA

EL AZUL DEL MAR


Qué bello es el mar. No había tenido el placer de conocerlo.
Jamás imaginé lo enorme que era, porque nunca había visto tal cantidad de agua; pero ahora comienzo a entender lo que cuentan de él. El mar, el inmenso mar, el mar de leyendas y de historias, de tormentas y de guerras.

Me da miedo meter la mano. ¿Puede morderme alguna bestia de las profundidades marinas? Alguna vez, de niña, oí una historia horrible de pescadores que naufragan y vuelven a casa con miembros amputados. ¿Cómo puede algo tan hermoso esconder tantos peligros?

Aún así me atrae inevitablemente el profundo color azul de sus olas. Me gustaría nadar como los delfines, ver las praderas marinas y rozar la arena de las profundidades. ¿Qué habrá ahí abajo?

Miro hacia arriba. Sol, mucho sol y ninguna nube. Hieren los rayos, dañan la vista, hacen arder la piel. Aún falta mucho para el atardecer y hace mucho calor. Cierro los ojos e intento dormir.

Aquí, entre cielo y agua, ya nada importa. Todo carece de valor, no existe el tiempo ni la ley. Me siento libre, libre como nunca, tan libre que no puedo usar mi libertad.

¿Sigues dormido? Haces bien, no hay mucho que hacer y casi es mejor que pase el tiempo rápido. Apenas puedo estirar las piernas y mucho menos ponerme de pie. Si supiera contar bien te diría cuántos somos exactamente. Sólo sé que muchos. No conozco a ninguno y la verdad es que me dan un poco de miedo, aunque eso nunca te lo diría. Eres demasiado pequeño como para entender que tu madre pueda estar asustada.

Hace dos días que embarcamos y creo que estamos perdidos, a la deriva, en algún lugar que a nadie importa. Un punto sobre el océano. No se puede adivinar ninguna costa en el horizonte. Somos una barca de fantasmas vivos.

Te prometí algo mejor. A ti te daba miedo, no querías venir, querías quedarte. Quedarte para morir de hambre. Ahora no sé si voy a cumplir mi promesa. Hace horas que lo dudo.

En el poblado yo ya no podía darte nada. La sequía había acabado con la cosecha de varios años y desde hacía meses sólo comíamos algo de harina cocida. La muerte perseguía a los niños; enfermedades simples que se nutrían de los cuerpecitos huesudos, las piernas y el abdomen hinchados, la inanición sin final a la vista. Y yo me negaba, como tantas otras madres, a verte morir. Si la guerra no pudo con nosotros, el hambre tampoco podrá.

Íbamos a Europa, o eso decían. Ya no sé si creérmelo. Yo sólo veo agua y más agua, aunque no quiero perder la fe en que llegaremos. Habrá quien mire el mar como un elemento salvaje, máxima expresión de la libertad. Yo lo miré como el borde de un precipicio el día que embarcamos, pero sin duda alguna, la única posibilidad de sobrevivir. O la muerte o el mar.

Me duelen los brazos y la cara. Al pasar los dedos noto la piel tumefacta. Te despiertas, quejándote por el calor, a ti también te duele la piel. Y yo te digo que no nos va a pasar nada, que somos fuertes, que hemos pasado más calor en el desierto y hemos soportado más sol en los largos veranos. Nosotros somos de otra especie, somos de azabache. A nosotros el sol no nos puede hacer nada, porque estamos hechos de sombras mi niño.

Refunfuñas, pero pareces creértelo. Te doy el poco agua que nos queda y miras con los ojos muy abiertos el mar. No entiendes que el agua, a la que estás tan poco acostumbrado, nos pueda llevar a otro lugar. Tú sólo sabes llegar a los sitios andando, me dices, y yo me río porque llevas razón.

Comienza a anochecer, por fin. Al menos el sol no seguirá quemándonos. No hay nada de comer, pero tú no te quejas demasiado. El agua refleja los tonos anaranjados del horizonte y hace que la barca se tambalee. ¿Qué pasaría si se volcase? Tiemblo ante la idea y prefiero no seguir pensándolo. La barca se estremece, las tablas crujen, el mar nos golpea.

La luna parece sangrar en el cielo. Hace frío, pero apenas lo noto por el dolor de las quemaduras. Te tapo con algunos paños de algodón; la brisa pasa rápido sobre la piel y arranca todo rastro de calor. Me quedo dormida, acurrucada a tu lado para que, si te despiertas, no tengas miedo.

Las mañanas en alta mar huelen a sal, a algas y a bruma. Sigo sin ver la costa, me siento encerrada, sin salida. ¿Ha sido un error todo esto? ¿En realidad te estoy conduciendo a la muerte? Estoy desesperada, pero prefiero quedarme en silencio. Nadie sabe dónde estamos ni hacia dónde nos dirigimos. El pequeño motor está estropeado y la corriente nos arrastra hacia un lugar desconocido.
¿Por qué la neblina lo borra todo? ¿Se divierte confundiéndonos?
Lloras. No entiendes qué está pasando. Esto no es lo que yo te había prometido. Llevamos tres días sin comer, ni siquiera en el poblado comíamos tan poco. Te duelen las quemaduras y quieres volver a casa. Quieres estar con los otros niños, cazar escarabajos, correr descalzo sobre el suelo árido.
Otro largo día, el sol incansable, que parece clavarse en la carne. Y cae de nuevo la gélida noche, más fría que nunca, cruel, irónica.
Te miro. Eres un bultito cubierto de trapos de algodón sobre las tablas que crujen cada vez más. Inmóvil. Llevas horas sin moverte.
Creo, imagino, que estás dormido. No quiero pensar otra cosa y no voy a comprobarlo. Aún así sigo mirándote.
Mueves levemente el pecho. Eso me basta para seguir con vida unas horas más. Sin ti este viaje ya no tendría ningún sentido. Probablemente, casi con toda seguridad, miraría fijamente al mar y me lanzaría. Nadaría, sería un delfín, vería las praderas marinas, rozaría la arena de las profundidades. Nada de esto, esto que algunos se atreven a llamar vida humana, habría pasado; descubriría los secretos del océano, entendería por qué tiene este color tan hermoso, por qué es tan bello. Quizás por eso algunos nos atrevemos a cruzarlo.
Estoy demasiado cansada. No quiero seguir despierta. No puedo pensar.
Amanece. Pero es demasiado pronto para amanecer.
Abro los ojos. Veo una fuerte luz, enfocándonos, y otras lucecitas rojas. Estás a mi lado asustado, tembloroso. Oigo voces en un idioma extraño.
Un barco con una cruz roja. Alguien, desde la cubierta, nos tiende una mano.
Te sonrío con las pocas fuerzas que me quedan.
Cumplí mi promesa.

MENCION DE HONOR - 2.007


VALERIA TITTARELLI LOPEZ
GRANADA

DIETAS AL VOLANTE


La dieta me está devorando. El intelecto, quiero decir. ¿Cuántas neuronas dicen que tenemos las mujeres? ¿Dos? Pues el régimen me ha trastocado al menos una de ellas. De no ser así, ¿cómo se explica que el Megane burdeos que tengo delante se haya transformado en una enorme tarta de arándanos que, en lugar de tener ruedas, se desliza gracias a cuatro deliciosos donuts de chocolate?

Por cierto que el Megane no se mueve y llevo más de diez minutos detrás de él; desde el cruce Recogidas – Martínez Campos más o menos. Nuevecito nuevecito y con los cristales tintados además, así que no puedo “acordarme” de todos los calvos al volante por si luego resulta ser un ejecutivo de melena engominada. No, si al final llegaremos tarde al colegio y eso que llevo desde las siete en pie, para tener tiempo de purgar mi estómago con la enésima infusión de hierbas antes de despertar a las niñas, darles el desayuno, vestirlas, prepararles la bolsita de cuadritos rosas y blancos con la merienda y salir pitando de casa. ¿Bajo qué conjuro asfáltico rueda hoy mi coche?

Ah…por fin el semáforo cambia y el Megane se decide a arrancar y…y ¡no! Va a entrar en “mi” cochera. Las niñas llegan tarde hoy, fijo. Seguro que quien conduce el Megane Burdeos es un hombre que, ni está a dieta, ni ha despertado a sus retoños, ni ha luchado por embutirles en sus sosos uniformes grises, ni se ha purgado muy de mañana con una infusión. Seguro que le importa poco si hoy en la escuela es el día de la fruta o toca sándwich y por supuesto se tomará todo el tiempo del mundo en echar el freno de mano, sacar de la guantera la tarjeta de acceso al parking, introducirla en la ranura de la maquinita, escuchar el beep de “aceptado, puede usted pasar”, recoger la tarjeta, volver a guardarla en la guantera, encender las luces, quitar el freno y deslizarse suavemente por la rampa, no se le vayan a fastidiar los amortiguadores de su recién estrenada máquina a motor. Y sí, por supuesto que encontrará aparcamiento en la primera planta, justo en mi plaza favorita, al ladito mismo de la puerta de salida, desde la que puedo salir zumbando en busca de las escaleras, en lugar de esperar estresada la llegada de ese ascensor decimonónico que no guarda memoria y siempre, siempre, pasa de largo en mi parada, ya esté yo esperándolo en el segundo, cuarto o quinto piso.

Desde luego el conductor del Megane Burdeos no estará preocupado porque a las nueve o’ clock cierren el portón de educación infantil y no tendrá que bajar la calle para llegar a la otra puerta, llamar al timbre y soportar la mirada displicente de la secretaria – portera que te regaña en silencio porque has vuelto a llegar tarde, porque le vas a pisar la escalera recién fregada, porque tus niñas se van a perder la asamblea de entrada, tan educativa y necesaria a tan tiernas edades.

Pero no, el conductor del Megane no ha conseguido plaza en la primera planta y ahora se pasea a menos cinco kilómetros por hora por los diversos niveles del parking, presentando su nueva adquisición al resto de cuadrúpedos motorizados ya estacionados. Seguro que me quitará “EL SITIO”, ese aparcamiento único y ansiado, privo de columnas y ausente de todo-terrenos voraces que se comen la mitad de la plaza que queda en medio, obligándote a subirte al capó, entaconada y con las niñas a la espalda.

Tampoco sabe nada ese conductor de las ganas que tenía yo de que ese coche no fuese un Megane Burdeos, si no un Polo verde pistacho, el Polo de Juan Pineda, arquitecto y padre de una compañera de clase de mi hija la mayor. Un Polo mimado y limpio – limpísimo, tal y como había comprobado días atrás, durante un escarceo discreto ojeando en el interior del vehículo.

Si ese coche fuese el Polo pistacho de Juan Pineda, nuestras niñas se saludarían y por consiguiente nosotros también y esta mañana sería divina porque su “buenos días” profundo me recorrería íntima e indecorosamente. Entonces él, galante y caballeroso esperaría con la puerta de salida abierta, llamaría al ascensor (a él el aparato le haría caso, desde luego), y yo le daría un poco de conversación a su pequeña y él con mano temblorosa apretaría el botón de planta calle y juntos recorreríamos los cien metros hasta la escuela y nos achucharíamos en la entrada con tantas madres y niños por doquier, como aquella otra vez en el ascensor que me rozó sin querer queriendo y yo no pude evitar pensar qué sensaciones me producirían esas manos de delineante acariciando mi nuca escondida tras la bufanda y…
No, no puedo perderme todo eso por culpa de un estúpido Megane burdeos recién salido del concesionario, así que decido tomar el atajo, bajar a la tercera planta saltándome dos tercios de la segunda, conduciendo contramano a toda velocidad unos cincuenta metros pero… ¡ay! Un Fiat Punto está aparcando y tengo que frenar hasta que finalmente puedo colarme, acelero, giro y sin mirar encauzo la rampa de bajada a la tercera planta y… ¡”mamá”! Gritan las niñas y yo oigo un ruido de chatarra ferruginosa quejarse y… ¡no puedo creerlo! He ido a chocar precisamente con el Megane nuevecito y ahora el conductor se bajará hecho un energúmeno y las niñas se echarán a llorar y no, no puedo ni mirar a la figura masculina que se acerca…” niñas, tranquilas, no ha pasado nada” les digo, bajando avergonzada la ventanilla y deseando que el hombre sea amable por una vez en su vida y no me humille allí delante de mis hijas y…
-Llegamos tarde ¿eh? – escucho mientras abro cabizbaja la puerta, para luego sorprenderme cara a cara con Juan Pineda, el arquitecto, que debe haberse comprado coche nuevo. - ¿Llevamos a las niñas y rellenamos el parte en el Alfaguara? – me consulta y yo pienso que se ha dado cuenta de que yo también desayuno allí, en la otra punta del bar, claro, y la perspectiva de compartir mesa, tostada integral y capuchino me deja sin habla, hasta que las niñas gritan ¡”que cierran el portón”! y yo me meto de nuevo en mi arrugado Corsa mientras considero que después de todo esa sí va a ser una mañana divina porque las palabras de Juan Pineda al cerrar la puerta me acompañan:
-Estás algo cambiada ¿verdad?

VI Certamen Literario "Carmen de Michelena"

PRIMER PREMIO DE POESIA - 2.008


MARINA ROMERO NARANJO
SEVILLA

Dime algo


Diurético que me aprieta
Diámetro de mi vientre
Diáfana figura
Día con reflujos
Diafragma ensanchado

Diferencias descomunales

Diacronía en intenciones
Divo de la excusa
Divulgador de mentiras
Disparo al alma
Distanciamiento físico
Diecinueve meses
Divorcio hambriento

Diferencias irreversibles

Disco sin rayas
Divertidas compras
Discretas competidoras
Diablesas del móvil
Diluvio de sospechas
Diario de mis lágrimas

Diferencias que ven todos

Diana descentrada
Disyunción copulativa
Disnea en la cama
Diván hundido
Diabetes de sexo

Diferencias de sábanas

Discapacidad de enferma
Dictado del hígado
Disimuladas mollas
Difunta belleza
Diarrea y amor

Diferencias de circunferencia

Dibujo a carboncillo
Diseño final
Diagnóstico público
Dientes para la carne
Divino paladar
Directa a la despensa
Diciembre sin comer
Dietas por y para ti

Discusiones
Diferencia de peso> Dime algo

Di la verdad

Di que se acabó porque estoy gorda.

PRIMER PREMIO DE RELATO - 2.008


MANUEL LUQUE TAPIAS
DOÑA MENCIA - CORDOBA

Besos horribles


¡Anda Rosita, acércate y dale un beso a tu padre!, me dice, muy amablemente, y eso es lo que más temo, lo del beso y que esté amable. Y es que padre huele tanto a padre. Es un tufo que se me mete en la nariz y se me pega a la piel y ya viene siempre conmigo, lo llevo puesto toda la semana hasta que el sábado queda flotando en el viejo barreño de latón que madre pone medio de agua calentita para bañarnos a mi hermana y a mí. A pesar de ser la mayor de las dos, yo procuro bañarme la segunda porque no quiero dejar en el agua ese hedor a padre que tanto aborrezco, pero mi hermana, que no comprende nada a pesar de que pronto tendrá ocho años, se hace la remolona dejándome a mí el primer puesto y ya también con la preocupación de saber que mi madre la enjabonará en agua con olor a padre. Nada más llamarme para que le dé un beso se me hace un nudo en la garganta que me ahoga y el corazón se me desmadra, que siento su galope en el pecho y también en las sienes. Es un beso horrible el que tengo que darle.

Madre no es que esté en las nubes, pero ella bastante tiene con lo que tiene, a mi hermana, a mí, a padre y la casa, claro, la nuestra y otras más, que sale a dar horas, y friega y plancha y cose y limpia el polvo en otras casas, pero eso no le pesa, no, que yo lo sé, aunque ella no diga nada. Nunca nada. Porque madre nunca dice nada. Lo peor es lo de padre, aunque ella no dice ni mu, pero yo se lo noto, y no es porque no trabaje, que eso ya lo hace ella y no le importa, pero beber sí que bebe y cuando madre oye la llave en la cerradura tiembla y se le caen las cosas de las manos y a mí me da un vuelco el corazón y me voy corriendo para mi cuarto, que así me lo tiene dicho. No sé qué demonio trae en el cuerpo, porque tiene que ser un demonio, que comienza a gritar y a decir cosas horribles de todo y de todos, pero sobre todo de madre, que no sé cómo puede decirle cosas así de espantosas, con lo buena que es.

Es por eso que madre siempre tiene los ojos tristes, bueno casi siempre, porque algunas veces, las menos, si estamos solas ella y yo, hablamos, y de vez en cuando incluso sonríe un poco y entonces se me forma en el estómago un cosquilleo como si dentro tuviese un montón de mariposas revoloteando, y aunque quisiera decirle cuánto me gusta que esté contenta y contarle muchas cosas, no lo hago, porque enseguida se le ponen los ojos brillosos, muy brillosos, como de cristal, y ya sé que van a escapársele lágrimas. Y menos lo del secreto, eso sí que no puedo decírselo, porque padre me hizo jurar que de eso ni media palabra a nadie, que sería nuestro secreto, porque las personas que se quieren tienen secretos entre ellos. Yo a él no es que lo quiera ni una miaja siquiera, pero él no lo sabe, claro, y menos aún desde que me obliga a tener el secreto, desde entonces no quiero ni acercarme a darle un beso.

Yo también tiemblo cuando me da por pensar que si alguna vez madre se llegara a enterar de nuestro secreto se llevaría un disgusto tremendo, bastantes cosas tiene ya la pobre encima que la hacen llorar. Hay veces, las menos, porque siempre está trapicheando de aquí para allá, que se sienta en la mecedora y se queda quieta, bien quieta, y la mirada fija en un sitio, como si no mirara nada, yo hago como que estoy haciendo los deberes de la escuela, y sin que ella se dé cuenta me fijo de reojo en sus ojos que ya están otra vez como de cristal, como cuando mi hermana hace pucheros antes de romper a llorar porque madre le ha dado un azote o le ha reñido porque ha hecho alguna travesura o como cuando Juanito le ha hecho un feo y no quiere jugar con ella, y entonces va madre y la consuela, la besa y la mima y le dice que está hecha una magdalena. Pues esto mismo de estar hecha una magdalena, también le ocurre a madre a veces mientras plancha. Una vez, recuerdo, le sucedió mientras planchaba una falda mía de pliegues, la azul marino que tengo, bueno la que tenía más decente para ir al colegio, fue y vino la plancha tantas veces y tan despacio por el mismo pliegue que el olor a tostado de la tela la despertó de sus pensamientos. No sé qué pensaría, pero a buen seguro que sería en algo de padre.

Yo envidio a mi vecina Pepi, aunque ella se empeña en envidiarme a mí. No la entiendo. Ella sí que tenía un padre, jugaba con él al escondite todo el rato. Debe ser divertido saber jugar cuando se es mayor, y además tiene que tener más mérito que cuando eres chico. También la llevaba a pasear los domingos por la tarde, en cambio nosotros nunca salimos a pasear ni a nada. Siempre que vamos a salir padre se enfada por cualquier cosa, discute con madre y se va todo al garete. Parece que lo hiciera aposta, pero lo peor no es no salir sino que ya amarga el resto del día. Otras veces no podemos salir porque madre está enferma, eso es lo que ella nos dice a mi hermana y a mí, pero yo sé que no es por eso sino por las manchas que tiene en la cara, que las de los brazos y las del cuerpo se las tapa con la ropa, pero las de la cara, aunque se echa colorete y se pone unas gafas oscuras muy grandes, a veces no puede disimularlas.

Al padre de Pepi el juego y el paseo se le acabaron el día que se lo llevaron al cielo. Es una pena. No entiendo qué cosa tan rara es ésa de llevarse a un padre así al cielo. Mi amiga Pepi en cambio llora y se empeña en que es ella la que me envidia a mí. Yo no la comprendo, pero no quiero decirle que mi padre no juega conmigo al escondite ni a nada, que sus manos hacen caricias que duelen, que sólo tenemos un secreto que me hace daño, que tampoco puedo contarle ni a ella ni a nadie, ni decirle que madre llora cuando él llega, porque se enfada y grita y golpea y rompe cosas, que entonces yo me voy corriendo para mi cuarto, me meto en la cama, me quedo quieta, muy quieta, como si así no fuera a encontrarme, y que deseo en esos instantes irme al cielo con su padre.

Recuerdo el día que el padre de Pepi se fue al cielo, fue un domingo por la tarde. Hacía mucho frío, aunque en realidad, casi siempre tengo frío y miedo, o todo junto, no sé, porque con el miedo también se tirita, y tiemblan las manos y todo el cuerpo, y no te puedes estar quieta por mucho que lo quieras. Yo lo sé porque algunas veces hace calor y yo en cambio estoy tiritando, eso me dice mi amiga Pepi, que se me queda mirando con lástima y eso no me gusta, aunque a veces yo también miro con lástima a mi hermana, porque pienso que cuando crezca un poco más y tenga diez años como yo, también tendrá con padre un secreto que duele. Los secretos con mi vecina Pepi no duelen, sino que dan risa, como cuando descubrimos a Tomás y Elena besándose en el aseo de la escuela, y Elena nos dijo que, por favor, le guardásemos el secreto. Ahora, cada vez que nos cruzamos con Tomás, agacha la cabeza y pasa corriendo y nosotras no podemos aguantar la risa.

Pero aunque con Pepi comparto muchas cosas, hay algunas que sólo son mías y no se pueden decir, que hay que guardarlas muy adentro para que nadie sepa de ellas, ni siquiera la madre de una, como guardo el olor a padre y el secreto que duele, más, mucho más que duelen las rodillas cuando friego el suelo de la casa.

PREMIO DE INFANTIL Y JUVENIL - 2.008


JOSE ANGEL MUÑOZ ARDOY
BEAS DE SEGURA - JAEN

Por que soy una mujer


Cuando llegué, me encontré con que el incendio estaba consumiendo la casa con una rapidez escalofriante. No sabía si había alguien dentro. Cogí el hacha y me preparé para entrar en el edificio. De repente, una mano me tocó el hombro:
-No entres, Elena.- Era Víctor, el jefe de los bomberos.
No le reproché, pues sabía que no serviría de nada.
¿Por qué no podía entrar?
Seguramente sea porque soy una mujer.
Mis compañeros se apresuraron a entrar entre las llamas.
Recuerdo que cuando, hace una semana, llegué al cuartel de bomberos para ingresar en el Cuerpo de Bomberos de Madrid, las personas presentes no escondieron su incredulidad.
No me sorprendió saber que era la única bombera del Cuerpo.
Superé las pruebas con éxito, pero no había acudido a la extinción de ningún incendio real hasta ahora. Sólo me había limitado a participar en los simulacros.
Cuando mis compañeros se enteraron de que, a partir de entonces yo sería su nueva compañera, a ninguno de ellos le gustó demasiado.
¿Por qué?
Seguramente sea porque soy una mujer.
Hoy, cuando ha sonado la alarma, he sido yo la primera en llegar al camión de bomberos con todo el equipamiento. Mis compañeros, acostumbrados a la rutina, han tardado más, pues no se lo toman tan a pecho como yo.
Serán los nervios del novato…
Volví a la realidad.
Estaba dentro de la casa y el fuego me rodeaba.
No había podido evitarlo: mientras reflexionaba, un impulso superior a mis fuerzas, e incluso a las de Víctor, había hecho que me precipitara al interior del edificio.
Ya no hay vuelta atrás.
Intenté recordar lo que había aprendido en los simulacros.
Me pegué a la pared, entrecerré los ojos y derrumbé todas las puertas que me encontraba hasta que, tras destrozar otra puerta, hallé a un joven de unos veinte años tirado en el suelo y sollozando.
No podía escapar al fuego, pues no había ventanas y la puerta le era inaccesible, dado que el fuego hacía imposible acercarse a ella.
Saqué el extintor que llevaba conmigo y apagué las llamas que dificultaban el acceso a la puerta. Cogí al hombre como había aprendido y me dirigí hacia la salida.
No tardé en darme cuenta de que me había perdido.
Me encontré con un compañero que también se había extraviado, pero que llevaba una brújula y sabía hacia qué dirección se hallaba la salida.
Cuando, no sin dificultad, conseguimos salir de la casa, me derrumbé en el suelo junto al joven. Bueno…, ya no recuerdo nada más porque, según me han contado, estuve a punto de morir por intoxicación y ahora mismo me encuentro convaleciente en el hospital.
Me hago estas preguntas:
¿Por qué entré en la casa aun sabiendo lo que me podía suceder?
¿Por qué rescaté al hombre yo sola?
¿Por qué he estado a punto de morir por otra persona?
Creo saber la respuesta:
Porque soy una mujer.

PREMIO INFANTIL Y JUVENIL - 2.008


SERGIO VILLAJOS RODRIGUEZ
BEAS DE SEGURA - JAEN

Es importante en mi vida


Yo a mi madre la considero muy importante por que al estar separada ha hecho muchos logros además esta cuidando de dos hijos.
Ella ha podido elevarse a lo alto de todo en cada trabajo, encima esta apoyándonos a salir adelante en todo, con los estudios, con nuestras obligaciones.
Siempre que ha podido y ha tenido dinero nos hemos ido a la playa, montaña incluso a parques temáticos.
Se ha enfrentado a todos los problemas y situaciones que ha tenido con destreza.
Por eso yo creo que es una de las personas mas importantes de mi vida, por eso la admiro muchísimo.

PREMIO LOCAL - 2.008


DOLORES TAUSTE DEL RIO
BEAS DE SEGURA - JAEN

Mi escuela


Hace 50 años en una pequeña aldea de un pueblo serrano, existía una escuela muy peculiar, mi escuela, allí aprendí todo lo que se podía aprender en una escuela como aquella, era mixta aunque en aquel tiempo no era muy normal, pero no había más remedio ya que era la única en muchos kilómetros a la redonda.

Había solamente una clase y allí estábamos desde los mas pequeñines hasta los mayores que salían con el certificado, también servia de vivienda para la maestra, pues solo había una pequeña habitación que le alquilo una vecina de al lado, porque cada vecino tenia su pequeña casita para su familia y eran muchos algunos numerosas.

Recuerdo la habitación en la que solo había una pequeña cama , una silla y un bidón de cartón donde guardaba la ropa, y aunque hace ya muchos años en mis recuerdos me parece estar viendo la clase tal y como estaba.

Era rectangular, entraba y al fondo veías una mesa grande y un viejo sillón de madera, seguían dos filas de pupitres, hacia la mitad en la parte izquierda estaba la estufa de leña, que servia para calentar la clase y hacer la comida de Maria, que así se llamaba mi maestra. También había una mesa donde comía a continuación seguía la fila de pupitres y ya en la parte de atrás, en la entrada a un lado estaba la leña para la estufa y al otro lado una mesa con libros, por que el armario donde estaban guardados lo tubo que utilizar Maria la maestra para poner las cosas de cocinar y la comida.

Tenía dos gallinas, en un rincón había una canasta donde dormían y ponían el huevo, de día estaban en la calle. También tenía un gato, por lo de los ratones.

Recuerdo que en la época de las matanzas los vecinos le llevaban un presente, que era embutido de los se hacían, y ella los tenia que colgar en el techo.

Un día nos castigo a unos cuantos de los mayores a no salir al recreo, y como en todas las clases siempre hay un niño que es muy travieso, pues allí también había un par de ellos, y aquel día se dedicaron a coger al gato y tirarlo hacia arriba para que se quedara enganchado en las morcillas, os imagináis que espectáculo, cuando nos descubrió, sufrimos las consecuencias, una hora de rodillas y algún que otro palmetazo y claro pagamos todos por igual hubiéramos o no participado.

Como veis mi clase era de lo mas original, menos mal que Maria era una persona estupenda y con una paciencia infinita, lo llevaba muy bien, incluido lo de estar sola, por que su familia estaba en Ibros.

Tenía una niña de mi edad y solo la tenia temporadas, aquella mujer lucho con todas sus fuerzas para que la Aldea tuviera una escuela como Dios Manda y una casita para la maestra. Pero le llego la jubilación sin conseguirlo.

Estuvo la Aldea unos años sin maestra por que en esas condiciones nadie quería ir allí, por fin se hizo la escuela y la casita al lado, pero Maria no pudo disfrutar de aquello por lo que tanto había luchado y aunque ya no esta entre nosotros queremos darle las gracias por su sacrificio y por a vernos dedicado los mejores años de su vida, para formar aquellos niños que aunque lejos de la ciudad tenían los mismos derechos que los demás, por eso siempre te recordaremos.

Gracias Maria

PREMIO LOCAL - 2.008


JUAN VICENTE GARCIA MORENO
BEAS DE SEGURA

De negro se viste mi alma


VII Certamen Literario "Carmen de Michelena"

PRIMER PREMIO DE POESIA - 2.009


KKKKKKKKKKKKKKKK
MMMMMMMMMMMMMM

¿kkkkkkkkkkkkkkk